Friday, July 31, 2009

Transporte sin preferencia

Punto final: Manhattan >>inicio<<

Mi experiencia de usuario
Andrés Salgado

Cuando salgo de camino hacia Nueva York lo único que quiero es llegar. Si voy de afán me subo al primer autobús que me deje en Manhattan. Antes, esperaba el servicio de la NJ Transit, una máquina más grande, con horario fijo, conductores uniformados, estrictos en detenerse y arrancar de los paraderos establecidos por la agencia de transporte. Otras ventajas son sus puestos amplios, algunas reglas como no escuchar música sin audífonos y el sistema de aire acondicionado.

Ahora, cuando la cuestión es estar a tiempo no espero ese autobús. Me tomo la güagüa, como se le conoce al microbús. Recorro de la calle 70 a la 32 por toda la avenida Bergenline. Allí, hago un transbordo de carro y continúo de Manhattan.

Esos pequeños atajos vienen después de meses de vivir en la zona y de adaptarse al ritmo de la cotidianidad del lugar. Y ahora sí, viene lo pertinente en cuanto a las dos formas de transporte alternativas para cruzar el túnel que une mi ciudad, que más bien lo llamaría mi barrio por estar colindante con otras ciudades y no hallar una referencia urbanística que me haga sentir en un sitio o el otro.

Bueno, como decía, ahora sí, la avenida escogida para la ruta es la avenida Bergenline, cargada de comercio, un sitio que puede extrañar al recién llegado, pero con el tiempo le vas sacando el gusto. Es casi como estar en un centro comercial sin techo, o en un centro de una ciudad. Bancos, comidas típicas de Argentina a México, médico generales, médicos especialistas, dentistas, compañías de calzado, envíos de correo, farmacias, supermercados, teléfonos, salones de belleza, lugares para arreglarse las uñas, boutiques, electrodomésticos, más bien pregunten que no hay en esta calle y yo les digo, casi con seguridad que sí lo hay. Y todo en español.

Otro pequeño paréntesis, cuando mencioné el dentista recordé a la recepcionista del mío, Marta:

“Eso no es mucho lo que hay que saber para tener en cuenta las diferencias del servicio. Yo prefería los buses grandes porque son amplios y llevan horario fijo. Esos no se ponen a esperar pasajeros así usted les haga señas”.

Eso lo dice desde su experiencia como ex usuaria del servicio. Ah, y me hizo recordar par de veces que corrí hasta tres calles para poder alcanzar ese bus grande.

Como venía diciendo acerca de las alternativas de transporte, ahora sí, pero no sin antes apuntar que el tráfico en la Bergenline es cosa seria, especialmente los fines de semana y si son de verano peor.

Un recorrido desde la calle 68 al centro de Manhattan puede ser 25 minutos sin tráfico. Como quien dice el domingo a las 7 AM, o de 20 minutos subiendo a la güagüa de Orlando antes de las 7 AM de lunes a viernes.

Pero un domingo pueden ser una hora para llegar hasta la calle 32, donde está el último paradero antes de cruzar el Lincoln Tunnel.

Y eso sin saber si hay trancón en la entrada del túnel, que quizás pueda ser entre 15 y 30 minutos… normalmente. Tampoco se pueden olvidar se verificar los cuellos de botella de llegada a Manhattan… el recorrido se prolonga.

Si suman y planean usar el servicio ya sea de NJ Transit o güagüa por la Bergenline, el recorrido será de casi hora y media. Lo puedo afirmar después de un seguimiento que realicé por varios años, a diferentes horas y por distintos motivos.

En semana la cosa no es tan crítica entre las 7 y 9 AM; pero si es viernes y ya son las 3 PM, hay que armarse de paciencia, llevar un buen libro, o la colección de música, ya que el cruce puede ser hasta de dos horas.

Ahora sí, de verdad, ahora sí, las dos rutas alternativas tienen su propio folclor. Uno es el impuesto por los latinos y el otro por las costumbres estadounidenses cada vez más infiltradas por acentos culturales dependiendo del sector donde estés.

En este caso, la infiltración viene con raíces hispanas. La lucha intercultural es constante entre aquel que extraña la música a todo volumen en el bus, o el escuchar una estación de radio. Es más, no te extrañes si vas en la NJ Transit y alguien te mira feo porque estás hablando por teléfono. Puede ser que estás hablando demasiado fuerte o sonriendo más de lo debido.

Por el contrario, en la güagüa la queja puede ser el conductor, quien con su potente voz en su minibús va diciendo códigos a sus compañeros por el sistema de comunicación y está interrumpiendo tu llamada o no deja escuchar la música.

Dicha música repleta de ritmos tropicales de las estaciones radiales sintonizadas para amenizar el recorrido, que va de paradero en paradero, uno cada dos calles.

Antes seguir hay que aclarar que algunos de estos minibuses no van para Manhattan, su recorrido es local y también por la Bergeline.

Aunque la queja que más escuché es la falta de aire acondicionado para el verano, los minibuses se están modernizando, por lo que aguantar calor o no, depende si esperas una máquina mejor equipada o te subes a la que tienes enfrente.

De nuevo, y volviendo al folclor, la ruta de transporte va muy determinada al usuario, a la zona que cubre y a los horarios.

Por eso, y al final de todos estos retazos entre recuerdos, recomendaciones de experiencia propia, y encuestas de boca a boca, podría decir que no reparo si usar un autobús u otro, que en mi caso es el que primero me preste el servicio.

Otra aclaración es que como no voy todos los días a Manhattan, no me conviene comprar el pase de viajes ilimitados mensual, que sí tienen algunos y les representa una economía.

El trayecto regular en autobús desde mi zona cuesta $2,55 dólares, y en güagüa es $2.

Por eso, de ida puede ser cualquiera de los dos servicios, sin importar la música o el silencio. De regreso tomo el autobús si es antes de las diez de la noche, pues conozco el número de la ruta y la puerta de salida. Algo que muchos no saben, es que este servicio casi funciona las 24 horas.

Sin embargo, si es tarde, entonces voy a la güagüa, con servicio las 24 horas al día y sin horario; solo esperar a que llenen los 25 asientos.





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